La otra mirada

Diálogo entre culturas, de lo local a lo global.

Guillermo Fesser: La vida secreta de un extranjero en Nueva York

Guillermo Fesser en HWS

Por Jordyn Dezago

(jordyn.dezago@hws.edu)

–Eres de Re…Ren…Reenebeck?… ¿verdad?

Elevo la cabeza disparada, los ojos bien abiertos, brillando con curiosidad:

–¿Rhinebeck? Sí, de Rhinebeck, ¿Por qué lo preguntas?

Nadie conoce mi pueblo. Con una población de dos mil habitantes, siempre me sorprendo cuando alguien la menciona; pero escuchar ese nombre desde la boca de mi profesor peruano fue algo que nunca esperaba.

Fernando revolvía su café, aparentemente sin haber notado mi asombro. “Este… Hay un escritor… conoces el nombre… este… ¿Guillermo Fesser? Creo que es de tu pueblo.

Doy un sorbo a mi vaso de agua y me quedo mascando la pajilla pensativamente. No conozco el nombre. Fernando sigue: “Es un escritor muy famoso en España, es de Madrid, creo. No me acuerdo exactamente cómo sucedió que se mudó a Rhinebeck, pero escribió un libro sobre el pueblo y su gente. Se hizo muy famoso.”

No puede ser. Quiero hundir mi cara entre las manos. Paralizada de vergüenza, me pregunto por qué alguien querría escribir sobre tal pueblito pequeño, homogéneo, y mortalmente aburrido.

Puede ser que yo sea prejuiciosa. Es verdad que a primera vista, Rhinebeck es un pueblo bien lindo con gente elegante, las callecitas flanqueadas por casas lujosas de arquitectura victoriana. El centro es pintoresco, con edificios antiguos y restaurantes riquísimos, a los cuales aún los neoyorquinos acuden, aguantando un viaje de dos horas en tren desde sus departamentos modernos en Manhattan. Los citadinos suelen pasar un fin de semana o a veces semanas de vacaciones en sus mansiones y sus casas solariegas esparcidas en el campo alrededor del pueblecito central. Salen a la taberna más antigua de los EE. UU; toman desayuno en los cafés excesivamente caros; compran en las tiendas de moda; visitan las galerías de arte moderno y ven cortometrajes no-convencionales en el cine independiente. En las aceras, todos se saludan con una sonrisa privilegiada. La mayoría de los habitantes vienen de una ciudad u otra, y se han establecido en el pequeño pueblito de Rhinebeck, atraídos por la vida simple, tranquila y cómoda. Se adaptan perfectamente, porque todos son igualmente blancos, exitosos y católicos.

Fernando me vuelve de nuevo a la realidad: “Viene en algunas semanas para dar una charla, pero quizá, si quieres, te lo puedo presentar. Pensaba que te  interesaría conocerlo, ya que escribió todo un libro sobre tu pueblo de origen.”

Prefiero no reconocer mi pueblo de origen.

Pero lo que me interesaba, honestamente, era la idea de que tal pueblo aburrido y homogéneo, donde todo el mundo es de la misma clase social, con orígenes parecidos, le había interesado tanto a un extranjero, (no solo a un extranjero, sino a un madrileño,además) que le incitó a escribir todo un libro sobre el tema.

Desafortunadamente, cuando llegó el día de su charla, me di cuenta de que, por incompatibilidad de horarios, no iba a poder asistir. Pero aún muchas preguntas quedaban pendientes en el cerebro. Me puse a leer ese libro famoso que contenía historias de mi pueblo, historias originales y supuestamente extraordinarias. Nunca imaginaba que descubriría un mundo completamente nuevo en mi pueblo pequeño y aburrido. ¿Cómo podía ser que hubiera pasado tantos años residiendo en este pueblo sin reconocer los tesoros que existían en mi propio patio trasero? ¿Cómo es que este escritor extranjero destapaba tanta diversidad en el lugar que creía conocer? A través de algunos profesores del departamento de español, conseguí una entrevista personal con ese escritor que supuestamente conocía mi pueblo y sus habitantes mejor que yo.

 

*       *        *

Cuando entré en la biblioteca, lo reconocí inmediatamente por sus ojos claros. Era alto con cabello oscuro, corto y ligeramente rizado, que enmarcaba una cara bien parecida.

Normalmente no tengo problema hablando en castellano, y además, estaba bien preparada para aquella entrevista.

Hasta que comentó la facilidad con la que hablaba:

–Tenías al profesor Orza, ¿no?

Centró la atención en mí (después de haber preparado yo una entrevista que se enfocaba en él); me dejó profundamente confundida y sin palabras.

–Ehh..ehh…gracias…eh, todavía tengo mucho que aprender…ehh…¿qué?

–El profesor Orza, que enseñaba el español en el colegio público de Rhinebeck.

–Ah, no. Era alumna de francés en el colegio. Recién comencé a estudiar el castellano.

–Ah, bueno.

Sudaba un poco. “Ok, solo tengo algunas preguntas…”

¡Pero no podía acordarme de ninguna! Miré la hoja arrugada en la que escribí mis preguntas, e, incendiada de nuevo por la curiosidad, elevé la cabeza y le hice mi primera pregunta:

–¿Por qué se le ocurrió escribir un libro sobre Rhinebeck?

Cruzó las piernas, dejando su tobillo izquierdo en la rodilla derecha, y sus ojos buscando la respuesta en el cielo. “Creo que fue la sorpresa al enterarme de que Nueva York no era solamente la ciudad de Nueva York.” Y después, dijo algo que contradijo completamente mi opinión propia: “Era más diverso de lo que nunca esperaba.”

¿Qué? ¿Hablamos del mismo pueblo?

–Pero no pensaste que todos eran casi iguales?

–¿Blanco y con dinero, quieres decir? Bueno, fue una sorpresa intelectual. En España, hay gente que vive fuera de las ciudades, y forman comunidades, pero esas comunidades no son tan diversas. La gente es más parecida. Para los extranjeros, cuando uno piensa en los Estados Unidos, no piensa en lo que hace la gente de Texas distinta de la gente de un pueblo en Upstate New York. No esperaba poder acceder a tanta diversidad intelectual en un solo lugar.

No pude negar eso, después de haber leído su libro, en el que aprendí cosas nuevas en cada página.

Pasamos unos treinta minutos hablando de su libro, nuestro pueblo, y de su perspectiva de los EEUU. Hablamos de temas serios, como su experiencia viviendo e integrándose en un mundo anglófono: “Renuncias a muchas cosas. Pierdes partes útiles de la vida, y a veces no puedes expresarte de la misma manera. Y por supuesto, siempre tendrás el acento, y siempre habrá alguien que preguntará ‘where are you from.’”

Hablamos también de cosas sencillas: “En Europa, como nuestra historia precede a la de los Estados Unidos por cientos de años, ya la mayoría de nuestra naturaleza la hemos matado. Así que, ver ardillas cruzando las calles es algo anormal, a diferencia de aquí, donde tienes la naturaleza en todos lados.”

Finalmente, llegué a preguntarle lo que realmente quería saber. Me imagino que haría la pregunta con un tono de celos y resentimiento, pero traté de preguntarle educadamente:

–¡¿Cómo te has enterado de todas estas historias, de cosas que ni yo sé, una residente durante 21 años?!

Pero sonrió con sus ojos claritos y me respondió tranquilamente con una sabiduría inesperada: “Cuando vives en un sitio, no tienes tiempo para fijarte en nada. El paisaje que forma parte del ojo humano no tiene la capacidad de mirar las mismas cosas como nuevas, y hacerse preguntas cada vez que las ve. Mientras tanto todo va cambiando poco a poco, pero son cambios pequeños que no se notan, y además, no tienes nada para comparar.”

Su respuesta me dejó sin palabras. Conozco un montón de gente en mi comunidad, conozco todos los mejores lugares, las calles y los caminos alternativos para llegar a cualquier sitio, y soy conocedora del drama y de los chismes del pueblo. Cuando leía A Cien Millas de Manhattan, reconocía muchos personajes, personas verdaderas a las que siempre he juzgado solamente según el papel que tenían en la comunidad. Es decir, según lo que sabía de ellos.

De tales cosas no se puede aprender en este libro. Porque no importa lo mucho que uno sabe de un sitio o de una persona, sino lo que importa es lo profundo que uno entiende de su historia. Guillermo hizo en Rhinebeck lo que yo nunca me había tomado el tiempo de hacer. Él escuchó las historias de la gente, de personas verdaderas que merecían ser escuchadas antes de ser juzgadas. Y con eso, Guillermo me impartió su perla de sabiduría: “es más fácil contar tu vida a un extranjero. Si eres amable, y tienes la capacidad de quedarte callado y escuchar, la gente te contará sus secretos.”

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Un comentario el “Guillermo Fesser: La vida secreta de un extranjero en Nueva York

  1. Eva Lopez
    21/06/2017

    El libro de Guillermo Fesser me ayudó mucho a entender la cultura y a lo que me enfrentaba después de vivir 6 años en New York City. Me mudé después de conocer al que hoy en día es mi marido. Leyendo el libro aprendí como yo, siendo Española y Madrileña también, debería de adaptarme y entender esta nueva cultura y nueva gente.
    Ojalá algún día pueda coincidir con Guillermo Fesser mientras paseo por las calles de Rhinebeck y agradecerle tantas horas de radio que me proporcionó junto con Juan Luis Cano, cuando empezaron como Goma Espuma.
    Eva López Salinero

    TRISTE QIE ERES UN TRISTE:
    “Que me des un beso” – ” Que te calles la boca”

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